16 MAY 2016

50 años de Pet Sounds de los Beach Boys: experimentación y belleza

Desde los Beatles hasta Radiohead acusaron recibo: la obra cumbre de Brian Wilson salió en 1966 y el pop ya nunca fue igual.
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Por Diego Mancusi

por Diego Mancusi (@diegomancusi)

 

"Pet Sounds" es, antes que cualquier otra cosa, un acto de rebeldía. No porque la obra maestra de los Beach Boys que hoy cumple 50 años sea un llamado explícito a la acción, un panfleto. La rebeldía en "Pet Sounds" está en su esencia: lo que escuchamos al darle play es a Brian Wilson cuestionando todo lo que de él se esperaba. Más que una colección de canciones, el disco es un desafío del creador a su propia historia y a la de la música popular en general. ¿El rock tiene reglas, fronteras, métodos? ¿La marca Beach Boys exige composiciones simples y pegadizas sobre surf y amor adolescente? ¿La discográfica pide singles comerciales? Wilson, lejos de conformarse con esa “normalidad”, creó un lenguaje nuevo, diferente hasta de sí mismo. Y mejor aún: en esa reinvención tampoco se volvió hermético, sino que logró el milagro de ser a la vez complejo y encantador. Lo que nos quiere decir Pet Sounds a través de sus armonías enroscadas, sus arreglos atípicos, su espíritu introspectivo y su dulzura ubicua es, sencillamente, que hagamos lo imposible por ser libres. ¿Qué hay más rebelde que eso? 

 

La historia de "Pet Sounds" tiene varios escalones. El primero de ellos lo ocupa Phil Spector, genio loco que creó la técnica de producción conocida como Wall of Sound (“pared de sonido”) en la primera mitad de los 60. ¿De qué se trata? El mismo Brian Wilson lo explica: “En los 40 y 50, los arreglos eran 'ok, escuchá ese corno francés' o 'escuchá esa sección de cuerdas'. No había combinaciones de sonido, y con la llegada de Phil Spector encontramos esas combinaciones, lo cual -científicamente hablando- es un aspecto brillante de la producción de sonido”. Spector, por su parte, definió su invento como “una aproximación wagneriana al rock n' roll: pequeñas sinfonías para los chicos” (frase que tomó Charly García para bautizar el último disco de Sui Generis: "Sinfonías para adolescentes", de 2000). Wilson, aun siendo un fanático declarado de la pared de sonido (en 2013 le dijo al New York Times que había escuchado “más de mil veces” la canción “Be My Baby” de las Ronettes, uno de ejemplos más logrados de esta técnica) no la aplicó en forma ortodoxa en Pet Sounds, sino que la adaptó, le quitó estructura, la “ablandó”. “Quiero que los instrumentos naden, quiero que floten”, le pidió a un ingeniero de grabación seguramente confundido. Para sus propias pequeñas sinfonías reemplazó las partituras por sensaciones, por juego. Eso, sumado a su innata sensibilidad pop y a las letras introspectivas que escribió junto a Tony Asher, da como resultado música extraña y hermosa a la vez, muy complicada para la concepción de rock vigente en ese momento y muy cálida para ser avant-garde.

 

 

El siguiente escalón está directamente relacionado con esta flexibilización de las estructuras de la que hablábamos. En 1964, Brian (que para ese entonces tenía sólo 22 años) sufrió un ataque de pánico en un vuelo desde Los Angeles a Houston y decidió dejar de tocar en vivo con los Beach Boys. A partir de ahí se concentró en perfeccionar sus métodos de composición y grabación, para lo cual empezó a experimentar con drogas psicodélicas. Lo primero que escribió en ese estado fue el single California Girls de 1965, concebido durante su mismísimo debut en el LSD. Así hasta a llegar a "Pet Sounds", donde su genialidad alterada por la lisergia abandona el corset de la guitarra, el bajo, la batería y la voz y le da lógica a -por ejemplo- el uso de un theremin en I Just Wasn't Made for These Times, o a hacer la percusión del tema Pet Sounds usando dos latas vacías de Coca-Cola, o a agregar los ladridos de sus perros Banana y Louie en Caroline No. Los límites no existían: había que oír lo inaudible y darle a la canción lo que pidiera. “Nunca había tocado acordes de sexta mayor o de séptima menor y mayor. Había escuchado esas tonalidades antes, pero Pet Sounds me hizo verlas y desearlas, como también desear las vueltas del contrapunto, o los acordes suspendidos evitando la nota raíz del bajo, o la geometría molecular entrecruzada de las armonías bien compuestas. Brian Wilson es mi Bach”, dice nada menos que Sean Lennon sobre esta ampliación del acervo sonoro del rock. En Pet Sounds, Brian Wilson no sólo pintó cosas que nadie había pintado: también cambió el lienzo y hasta inventó colores.

 

 

El tercer escalón nos lleva -cuándo no- a Liverpool. O a Londres en realidad, porque fue en Abbey Road donde los Beatles grabaron Yesterday, la canción que disparó su competencia con los Beach Boys en la reformulación del pop. Buscando el mejor arreglo para su tema, Paul McCartney le pidió consejo a George Martin y éste sugirió algo impensable: usar un cuarteto de cuerdas. Él y John tomaron nota: el rock no tenía mandamientos tallados en piedra, así que por qué no forzar el lenguaje todavía más en su siguiente trabajo "Rubber Soul" (1965). El efecto que tuvo este disco en Brian Wilson fue devastador: “Estaba sentado a la mesa fumándome un porro cuando lo escuché por primera vez y me dejó alucinado, porque era genial de principio a fin. De hecho estuve dos noches sin poder dormir”. Movilizado por canciones que desafiaban la normalidad de la época como  Norwegian Wood y su sitar hindú, Brian le dijo a su mujer: “Marilyn, voy a hacer el disco de rock más grande que jamás se haya hecho”. De ahí a Pet Sounds, un solo paso.

 

Los Beatles profundizaron su búsqueda en "Revolver" (1966), pero cuando escucharon Pet Sounds quedaron pasmados. “Me voló la cabeza. La composición de Brian... amo ese álbum. Se lo compré a cada uno de mis hijos para su educación en la vida: creo que nadie está educado musicalmente hasta que escucha ese disco”, dijo Paul. En ese momento los Fab Four recogieron el guante, vieron la obra de los Beach Boys como la confirmación de que era el momento de abrazar la psicodelia sin tibiezas y parieron el icónico Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band (1967). George Martin explicó alguna vez a qué punto la criatura de Brian inspiró a sus protegidos: “Sin Pet Sounds, Sgt. Pepper no hubiera pasado. Pepper fue un intento de igualar Pet Sounds”.

 

 

La influencia de Pet Sounds no se agota en los Beatles. Michael Stipe compuso “At My Most Beautiful” para REM con este disco en mente. Bryter Later de Nick Drake es otro intento de emular la belleza sofisticada de esta etapa de los Beach Boys. Wilco rompió con la americana tradicional y abrazó el pop experimental marca Brian Wilson en Sumerteeth. Yoshimi Battles the Pink Robots de Flaming Lips es la traducción al lenguaje del siglo XXI de aquel sonido. Thom Yorke de Radiohead contó que gran parte de OK Computer persigue su atmósfera. Así de relevante fue durante las últimas cinco décadas la osadía de este genio veinteañero y trastornado que supo romper con los dogmas y reescribir el futuro sin dejar de creer en el poder de un buen estribillo.

 


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