11 DIC 2016

Andrés Calamaro toreó en el Gran Rex

El Salmón dio el primero de cuatro shows sobre la Avenida Corrientes con una propuesta que combina clásicos reversionados y covers del catálogo popular argentino
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Por Esteban Rial


El Cantante, elegante y en estado de gracia detrás sus gafas (que más de una vez se sacó para contemplar a un público que lo ama y le gusta expresarlo), despachó su primera noche del milenio en el mejor teatro porteño para escuchar música popular ovacionado y feliz de la vida, de lo que suena y resuena alrededor de sus cuerdas vocales y pasos de baile.
 
Magistralmente acompañado por Germán Wiedemer en piano de cola, Antonio Miguelen en contrabajo y Martín Bruhn en percusión (más un par de coristas en momentos señalados), Andrés Calamaro hizo lo que quiso con un repertorio imbatible en donde conviven clásicos propios y ajenos sabiamente seleccionados, redondeando una faena inolvidable y confirmando su status de Gran Bestia Pop: seguramente El Salmón sea el único artista capaz de invocar a Atahualpa Yupanqui, Cacho Castaña y Miguel Abuelo con absoluta coherencia estilística y sin siquiera despeinarse.
 
El concierto arrancó con La Libertad y luego siguió Bohemio, demostrando hasta qué punto cada verso cuenta; a lo largo de la velada Andrés tocó la pandereta y la armónica, la melódica y ya sobre el final sumó sus manos a las de Germán Wiedemer, su fiel escudero y mucho más, el cual dio cátedra de libertad estilística, gusto exquisito y amor por la canción. A su manera, Calamaro se parece cada vez más a Bob Dylan, a Litto Nebbia y a Tom Waits, y obviamente a sí mismo. Siempre en su música hubo cosas de tango, de jazz, de bolero, de bossa nova, de ranchera y de soul, y con este repertorio y este tipo de formación la fusión estilística fluye mientras él recita, entona, canta y vocifera, según se le canta, que para eso está el cantante.
 
 
 
 
De los diez temas de las "Romaphonic Sessions" que dieron origen a esta gira titulada Licencia para Cantar cantó la mitad: Garúa, Mi enfermedad, Los Aviones, Siete Segundos/El día que me quieras y Paloma. Sorprendió poniéndose en los zapatos de Atahualpa Yupanqui en Piedra y Camino y de Cacho Castaña en Cacho de Buenos Aires, y hubo temazos de "Alta Suciedad", "Honestidad Brutal", "El Salmón", "El Cantante" y "La Lengua Popular", varias de Los Rodriguez y el Himno de mi Corazón de Los Abuelos de la Nada, que seguramente haya llegado para quedarse en su repertorio en vivo.
 
Atrás una señora pidió varias veces que toque La Noche, de su flamante álbum "Volumen 11", pero se quedó con las ganas. Algo que también aportó al espectáculo fueron las agresivas linternas verdes con las que el personal de seguridad acusaba y aturdía a quienes intentaban registrar a través de sus teléfonos lo que estaba ocurriendo frente a sus ojos; antes del show y de que se apagaran las luces se avisó que no había que grabar (el que avisa no es traidor), y si se me permite el consejo, incluso tal vez convenga advertir al honorable sobre que mejor agitar las manos que acompañar con palmas, más cuando la música es tan sutil y hay tanto entusiasta con problemas de ritmo y hasta de respiración. 
 
Este domingo repite, y luego hay otras dos funciones el fin de semana que viene, todas con entradas agotadas, pero es de esperar que en 2017 reincida para toda la alegría de la gente.
 
 

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