01 FEB 2016

Enero inolvidable y un febrero histórico

En su nueva columna Esteban Rial analiza el extremo fanatismo que desató la muerte de Bowie
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Por Esteban Rial

por Esteban Rial

 

Ya con el fallecimiento de David Bowie -tras lanzamiento mundial de su despedida discográfica oficial- el presente 2016 está lejos de ser un año cualquiera: entre otros efectos especiales más o menos inevitables ante el dejar de respirar de uno de los grandes nombres del Olimpo del Rock & Pop y/o viceversa, la ocasión ha estimulado el florecimiento de declaraciones estilo David Bowie genio y figura definitivo, el mejor de todos, el más grande la historia, del siglo y/o del milenio, algo parecido a lo que ocurrió con Michael Jackson pero en británico de piel blanca y para nada de niño prodigio, sino mimo adulto eternamente juvenil siempre en situación de control.

 

Se entiende que haya quienes consideren a David Bowie su héroe o ícono favorito, porque la diversidad es así y motivos sobran. Por mi parte, aún con todos esos tremendos temazos, discos históricos y vueltas (y volteretas) de tuerca efectistas geniales (y no tanto), nunca pensé que Bowie sea mejor o más grande o más influyente o vigente que Marc Bolan (por dar un ejemplo con algo de golpe bajo), o que nuestro inminente y eminente visitante Keith Richards (cuyo tercer disco solista “Crosseyed Heart” fue el mejor disco de rock en inglés del 2015 lejos lejísimo), y esto por limitarnos a piratas británicos, que devuelvan las Malvinas y después hablamos, el que no salta es un inglés, etc

 

El punto es que la postulación de un Idolo Máximo es en el mejor de los casos una trivialidad periodística o declaración de amor particular, y en el peor totalitarismo puro y duro. Igual hay formas y tremendas carreras más universales que otras, y lo cierto es que la muerte de David Bowie (gracias eternas, obviamente, Gran Marciano) disparó un concurso de ensayos, epitafios y testimonios como seguramente nunca antes el mundo vio, y uno se pone melancólico y recuerdo con cariño como en una entrevista que hizo en la tele con Pettinato en la que comentó entusiasmado estaba escuchando el ”Time out of Mind”, de Bob Dylan, “The Definitive Pop Star, possibly of all time” según Andy Warhol en su manifiesto filosófico. Lo que pasa es que el ensayo autobiográfico sobre Bowie seguramente ya sea, tal vez, una categoría narrativa clásica -y además debo reconocer que lo que dijo el cantante country Dwight Yoakam sobre que antes Elvis antes de morir quería que su próximo disco sea producido por Bowie me dio algo así como un escalofrío.

 

Mientras, en el almanaque llega febrero, con su Cosquín Rock que grande sos y The Rolling Stones en La Plata, y entre otras novedades discográficas se vienen un disco de Andrés Calamaro en voz y Germán Wiedemer en piano, grabado en Romaphonic en plan preproducción de gira, haciendo temas de Litto Nebbia, Leo Masliah, Troilo & Cadícamo, Piazzola & Ferrer y Gardel & Lepera.

 

Por lo pronto los dejo con mi cantante favorito norteamericano del siglo XX, en vivo y en directo para la teleaudiencia blanca yanki en los primeros noventa, tocando el piano como los dioses y para los dioses un temón firmado por Doc Pomus y Dr. John, aguante Bowie vieja, aguante Charlie Rich.

 


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