17 NOV 2016

Jorge Calandrelli: un argentino entre las estrellas

¿Qué tienen en común Tony Bennett, Madonna, Michael Bublé y Lady Gaga? Que todos trabajaron con este arreglador, productor y compositor porteño. Con dos nominaciones al Oscar, seis Grammy acaba de ser reconocido como Personalidad de la Cultura
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Por Diego Mancusi

Si Tony Bennett trabaja con Jorge Calandrelli (algo que sucede desde hace casi treinta años), se despreocupa por todo lo que no sea su performance vocal: “Cuando quiere grabar, me dice el tema y el tono y yo hago lo que quiera. Ni siquiera hacemos un demo para que lo escuche: vamos directamente al estudio y él escucha el tema por primera vez ahí”, cuenta el maestro. Bennett, una de las máximas figuras de la música popular del último siglo, delega con absoluta confianza los arreglos de sus álbumes en este argentino que emigró a los Estados Unidos en 1978 y que desde ese momento no para de cosechar éxitos: dos nominaciones al Oscar (en 1986 por la música de El color púrpura de Steven Spielberg y en 2001 por la canción original de la película El tigre y el dragón), seis estatuillas en los Grammy y sendas colaboraciones con artistas de la talla de Paul McCartney, Madonna, Sting, Aretha Franklin y Stevie Wonder, entre muchísimos otros. Si algo le faltaba era ser profeta en su tierra, y desde hace días lo consiguió: la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires lo distinguió como Personalidad Destacada en el Ámbito de la Cultura. 

 

-¿Qué le genera que este reconocimiento llegue en este momento de su carrera?

 

-Es un alto honor. Es muy lindo ser reconocido en tu propio país después de tantos años. Yo estuve trabajando en Estados Unidos y Europa por más de treinta años. Esto para mí es muy especial, ya que yo nací en Buenos Aires y tengo mi familia, mis amigos y todo el mundo acá. Ellos vinieron al evento del Salón Dorado de la Legislatura que estuvo fabuloso, y para mí fue un gusto enorme estar sentado junto al Ministro de Cultura, Angel Mahler. Y también con Horacio Malvicino, gran amigo y gran músico, que me dio una plaqueta en nombre de la Asociación Argentina de Interpretes, que son mis colegas. Por otro lado, también abrió puertas a futuros proyectos. Con Mahler estuvimos hablando de la posibilidad de organizar unos conciertos en el Teatro Colón y a lo mejor alguno al aire libre, pero eso todavía no está confirmado.

 

-Cuando uno empieza en la música nunca sueña con ser productor o arreglador: generalmente quiere ser solista o tocar en una orquesta. ¿A partir de qué usted notó que podía cumplir con ese rol?

 

-A mí siempre me gustó acompañar en el piano. Ojo, también toqué con un trío de jazz en Argentina y después hice una gira por Europa cuando tenía 19 años con un conjunto que formé, con el que nos recorrimos Alemania, Suecia, Dinamarca, muchos lugares. Tuve mi cuota de tocar el piano en vivo. Pero después me fasciné con la idea de hacer arreglos orquestales. Mi primer arreglo lo hice en Suiza. Ahí, al director de Radio Ginebra le gustó el conjunto, quiso grabar unos temas y me pidió que haga yo los arreglos. En ese momento estaba estudiando por mi cuenta, pero él me dijo “yo te asesoro”. Me asesoró durante meses hasta que me dijo “ahora está perfecto, suena bárbaro”. Entonces fuimos a la grabación y cuando escuché el primer acorde casi me caigo desmayado. Ahí me di cuenta de que eso era de lo que yo quería hacer.

 

-En su carrera pasó de la bossa nova a la ópera, del jazz vocal a la música de películas, etc. ¿En todos los géneros se siente cómodo? ¿Son cada uno un desafío distinto?

 

-Cada género es un idioma diferente. Cada género tiene su propio lenguaje. Yo me siento muy cómodo en todos esos géneros porque desde chico me gustó todo tipo de música. Me encantó el jazz, me fascinaba la música clásica más bien moderna, tipo Ravel o Stravinsky, me encantó desde chico el tango, tocaba folklore, samba, bossa nova... toda esa fusión de cosas, cuando me dediqué profesionalmente a esto, me abrió un panorama enorme. Por eso mi carrera es tan ecléctica y abarca una gran cantidad de géneros. A mí me encanta escribir en cualquier estilo. Cuando tenés los mejores músicos de grabación del mundo, en un estudio fabuloso, con un ingeniero bárbaro y lo que escribís suena fabuloso, no importa si es bossa nova, tango o un concierto clásico. Para mí hay dos tipos de música: la buena y la mala. 

 

Calandrelli con su amigo Elton John

 

-Alguien con un oído tan entrenado como el suyo, ¿qué escucha cuando escucha música?

 

-Tengo una especie de computadora en mi cerebro que, en el momento en el que escucho música, estoy analizando todo: la armonía, la melodía, el arreglo, el sonido, la mezcla, todo. Es automático, no es que quiera hacerlo: me sale. Me tocás una cosa y en el acto estoy analizando todo. Eso es algo que siempre hice, desde que era chico. Y es una muy buena manera de aprender, porque incorporás lo que te gusta. Yo tengo gran memoria para lo que me gusta: lo que no me gusta me lo olvido en el acto. Eso, subconscientemente te influye en el estilo de lo que escribís.

 

-Cuando lo llamaron a hacer la música de El tigre y el dragón, le pusieron como referencia nada menos que la música de Titanic, que fue un éxito mundial. ¿Cómo fue trabajar con semejante presión? 

 

-Cuando a mí me llamaron para hacer para hacer El tigre y el dragón, Peter Gelb -el presidente de Sony Classical, quien había hecho la música de Titanic, de la que se vendieron 30 millones de copias- me dijo “mirá, esta película es muy buena pero no creo que vaya a estrenarse en más de veinte cines en EE.UU. Igual a mí me interesa que compongas el tema final, quiero hacer un tema como hicimos con Titanic y sacar el soundtrack”. Cuando empecé a trabajar en eso no tenía ninguna expectativa de que la película fuera a ser un gran éxito ni nada por el estilo. Cuando salió la película, para sorpresa de todos empezó a ganar premios por todos lados. Entonces cuando llegó a Estados Unidos se estrenó en todo el país y le dieron ocho nominaciones de Oscar. Ganó varias. Lamentablemente mi tema fue nominado pero ganó Bob Dylan, pero por una cuestión de esas en las que la Academia hace un voto popular. Mi canción... no porque lo hubiera hecho yo, pero la producción, el tema... todo es buenísimo. Lo que hizo Bob Dylan era una cosa con una guitarrita en una película desconocida. Ganó por votos populares amigos. Los americanos lo conocen a Dylan desde que eran chicos. De golpe dijeron “che, ¿nunca ganó un Oscar? Pobre Bob, hay que ayudarlo”. Ahora tiene un Nobel, posiblemente por la misma razón.

 

-De todas maneras, a veces en la música menos es más...

 

-Por supuesto. Si yo oigo un guitarrista que toque fabuloso, o un piano solo, me parece fantástico. Yo estoy por presentar al Pulitzer una suite de obras de piano que duran más o menos 21 minutos, que es precisamente eso: piano solo. No necesito una orquesta para expresarme. 

 

-Es que el virtuosismo también puede ser un problema. Uno puede terminar sobrecargando la pieza, queriendo demostrar todo lo que sabe al mismo tiempo.

 

-Eso es muy típico de cuando uno empieza. Cuando tenía 22 años yo escribí mis primeros arreglos acá en la Argentina, hice un par de boleros y... realmente escribí demasiado. Porque quería mostrar todo lo que yo sabía en una sola cosa. A medida de que pasan los años, jamás fue un problema. Yo nunca escribí una nota más de la necesaria. Siempre respeté el espacio, el arte de los silencios. Eso es muy importante. Cuando empieza un tema no le tirás toda la orquesta por la cabeza. A lo mejor empezás con un piano solo, después entran las cuerdas y van creando algo. El desarrollo de un arreglo es siempre buscar el punto climático del tema. Una vez que lo determinás vas creando algo que va llegando ahí. Un arreglo es como escribir una novela. Tenés que captar el interés de la gente en la introducción. Después creás el elemento de la sorpresa, que no se sepa qué viene. Después va creciendo, y cuando llega el final la gente tiene que haber sentido un viaje. No es “ya sé todo lo que va a pasar”. No, no sabés nada.

 

-Usted trabajó en Cheek to Cheek, el disco de Tony Bennett con Lady Gaga. A ella se la suele subvalorar por considerarla una ídola pop, pero en realidad es bastante más que eso, ¿verdad?

 

-Lo que pasa es que ella había tenido hasta el momento una imagen de pop rebelde, con una remera con sangre y esas cosas. Un personaje muy excéntrico. De golpe, cuando a mí me llamó el manager de Tony que es su hijo Danny Bennett, me dijo “vamos a hacer un dueto con Lady Gaga” y yo dije “¡¿Lady Gaga?!”. Y me dijo “no, ella siempre quiso ser cantante de jazz y canta fenómeno, no te preocupes”. Ahí hice mi primer arreglo para ellos y ella cantó muy bien y Tony quedó encantado. Tal es así que después de los dos discos de duetos quiso hacer un disco entero con Lady Gaga. Ahí hicimos Cheek to Cheek. Y después dirigí la gira en la que presentaron el disco. Viajé con ellos, hicimos el Royal Albert Hall de Londres, el Lincoln Center de Nueva York y varios teatros buenísimos de Los Angeles. Fue una experiencia muy linda.

 

-En el especial sobre Ella Fitzgerald en el que usted condujo la orquesta, Quincy Jones lo presentó como “mi guapo hermanito”. Seguramente debe ser un premio en sí sentirse un par, un colega de un genio como él. 

 

-Seguro. Yo tuve una muy buena relación con Quincy, primero porque él me contrató para hacer la música de la película El color púrpura. Ese fue casi mi primer trabajo en Los Angeles. Hice algo que le encantó a Quincy y a Spielberg, pero además me nominaron para un Oscar. A partir de ahí con Quincy establecimos una muy buena relación. Yo trabajé en muchos proyectos con él, como por ejemplo cuando él organizó la música de los Oscars; me llamó y yo le escribí unos arreglos a Vanessa Williams y a Gloria Estefan. También trabajé en su disco Back on the Block. Y cuando fue ese show en vivo en el que yo dirigí lo de Ella Fitzgerald, lo de “mi guapo hermanito” lo inventó él en el momento, no estaba en el guión. Fue muy lindo.

 

Repletos de Grammys, Quincy Jones y Calandrelli

 

-Usted también es parte de la historia del rock nacional. Se encargó de los arreglos de Yo vivo en esta ciudad de Pedro y Pablo. ¿Qué recuerda de esa experiencia?

 

 

-Con Pedro y Pablo, cuando hicimos Yo vivo en esta ciudad, la gran novedad fue que en ese contexto de rock yo propuse usar un bandoneón. También hice álbumes como Vida y vida de Sebastián, con Vivencia. Pero con Pedro y Pablo le dimos un enfoque más amplio al rock, y eso me gustó. 


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