24 NOV 2016

Kraftwerk en Buenos Aires: la obra en movimiento

Los pioneros de la electrónica se presentaron en el Luna Park y exhibieron un concierto como pieza de arte.
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Por Maxi Poter


Una parte de lo que puso en duda la realización del concierto de Kraftwerk en Buenos Aires, más allá de las mentes obtusas de algunos funcionarios, era saber qué es un show de Kraftwerk. ¿Es una “fiesta electrónica”, como aducía quien estableció, en su momento, la suspensión del recital? Bueno, no lo es en los términos en los que la absurda prohibición imperante lo considera. Pero, a la vez, sí: lo de Kraftwerk anoche fue una fiesta. Su música es una celebración de los logros del siglo xx. Estos pioneros de la electrónica les cantan a las autopistas, la radioactividad, los teléfonos, los medicamentos, los robots y las computadoras personales. Lo suyo es el folclore de la era atómica.

 

Ah, entonces es un concierto de música. Sí, claro, pero también es mucho más que eso. ¿Qué otra banda ha tocado todo su catálogo en vivo en museos, tal como los alemanes lo hicieron como “residentes” en el MoMA de Nueva York o en el Tate Modern de Londres, como si se tratase de una exposición retrospectiva multimedia?

 

Bien, entonces es una pieza de arte. Y sí: Kraftwerk es una obra en movimiento, retropropulsada por su futurismo añejo, en constante interpretación, reinterpretación, perfeccionamiento y actualización de su clásico imaginario visual y sonoro. Es así que “Radioactivity” pasó de oda nuclear a himno ecologista, ahora con la adición de Fukushima al listado de desastres de Chernobyl, Harrisbug, Sellafield e Hiroshima. Los placares de sintetizadores de antaño fueron reemplazados por pequeños controladores. Las formas humanas de Ralf Hütter (único sobreviviente del cuarteto original) y compañía dieron paso a las siluetas digitales. Y las tradicionales proyecciones que acompañan las ejecuciones de “Computer World”, “The Man-Machine”, “Neon Lights”, “The Robots” o “Electric Café” (acaso, la “sorpresa” de la noche) ahora son en 3D.

 

Los germanos no ofrecieron un espectáculo muy diferente al de las pasadas tres presentaciones que dieron en nuestro país (1998, 2004 y 2009), ni a las que vienen realizando por todo el mundo en los últimos diez años. Las versiones de los temas tienen mínimos cambios y la iconografía que anima cada canción en las pantallas se mantiene casi inalterable. Y está bien que así sea: ¿Quién entra a un museo y le cambia los colores a un Mondrian o la tipografía a un Ródchenko?

 

La repetición, lo esperable, es parte esencial de Kraftwerk, es su “estilo”. Uno se sube a la “Autobahn”, aborda el “Trans-Europe Express” o se deja llevar hasta el infinito por “Musique Non Stop” y sabe que está en dinámico viaje, ahora anteojitos mediante, hacia otra dimensión (conocida, única) del arte. 

 

Fotos de Juan Borges


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