12 ABR 2017

Linda semana para escuchar a Bob predicando

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Por Esteban Rial
Es bien sabido que escribir sobre cuestiones más o menos religiosas es una tremenda falta de decoro, pero siendo que nos encontramos atravesando la primera Semana Santa desde que Bob Dylan fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura, tal vez sea justo y necesario declarar extraoficialmente inaugurada una suerte de Nueva Era Hermenéutica Dylanista en la que sus discos cristianos de finales de los setenta y comienzos de los ochenta sean reivindicados como lo que fueron, son y serán, altas cumbres letrísticas y musicales de su fascinante discografía, en estos días engrosada con un disco triple de standarts de música profana de calidad franksinatresca, todo muy heteropatriarcal y caduco pero encantador.

En total son tres discos de temática religiosa testimonial y predicante, o mejor dicho dos y medio, cuya escucha a buen volumen se recomienda para este fin de semana largo mientras ponemos manos a la obra en alguna tarea del hogar agridulce hogar, por ejemplo, pasar el trapo y luego volver a pasarlo, pero estrenando trapo, u ordenar el guardarropa y doblar todo lo que merece ser doblado, o algo por el estilo.

El primero de ellos es el elegantísimo Slow Train Coming (1979), grabado en el Muscle Shoals Sound Studio en Alabama, con el joven Mark Knopfler descosiéndola en guitarra y una sofisticada base rítmica compuesta por Tim Drummond al bajo y Pick Withers (compañero de Knoplfer en Dire Straits) en batería, 46 minutos magistralmente producidos por dos históricos capos del soul como Jerry Wexler y Barry Beckett (que además metió tremendos teclados), a lo largo de los cuales Robert Zimmerman canta mejor que nunca al punto que su performance vocal le mereció un Grammy como cantante masculino... Mención aparte merecen los coros a cargo de Carolyn Dennis, Helena Springs y Regina Havis, todas mujeres de fe y tremendas visceras. El disco vendió bien y hasta recibió alguna crítica positiva en el medio del escándalo con que fue recibida la conversión del poeta rockero en una industria y ambiente para el que la religión es cosa de consumidores finales... 



Luego viene el explosivo y ultracorrosivo Saved! (1980), grabado en vivo en estudio por la superbanda de gospel funk & blues que por entonces lo acompañaba en vivo, propulsada por el ya mencionado Tim Drummond al bajo y Jim Keltner en batería compartiendo un expansivo estado de gracia rítmica, junto a Fred Tackett en guitarra, Spooner Oldham en teclados y Terry Young al piano, más los coros de Clydie King, Regina Havis y Mona Lisa Young ya completamente desatadas y en trance, mientras Dylan predica y se luce en a la hora de soplar divinamente la armónica …  Aquí la prédica de corte fundamentalista pero amable y hasta ultrarradiable de “Slow Train” muta en una mucho mayor agresividad dogmática, con la carnalidad crucificada a flor de piel y la sangre redentora salpicando en una frecuencia de onda bastante La Pasión según Mel Gibson; al igual que su antecesor, fue grabado en el Muscle Shoals Sound Studio de Alabama y la producción estuvo a cargo de Jerry Wexler y Barry Beckett.



Por último, cierra la ninguneada trilogía Shot of Love(1981), en el que los temas religiosos conviven con los seculares, y hasta los explícitamente confesionales aflojan un poco a nivel gospel para volver al rock & folk característico del Bob Dylan de toda la vida: tras probar con varios productores, finalmente el disco fue producido por el artista junto a Chuck Plotkin (Bruce Springsteen) y a diferencia de los dos discos anteriores la banda no es la misma en todos los temas y entre los invitados se cuentan Ringo Starr, Ron Wood y Benmont Tench, de los Heartbeakers. Orginalmente el disco traía 9 canciones, pero en posteriores ediciones se le sumó The Groom´s Still Waiting at The Alltar, que salió como simple y ganó un Grammy, y algunas de las títulos grabadas en aquellas sesiones pero que quedaron afuera luego brillaron en el marco de The Bootleg Series.



Sin entrar en mayores detalles ni enumerar temas favoritos, son tres discos repletos de canciones perfectas e interpretaciones supervibrantes y hasta conmocionantes, himnos de amor sagrado, plegarias de agradecimiento, postales apocalípticas y cruciales escenas ambientadas en el Jardín del Edén y en el de Olivos también… No vamos a cometer la herejía de otorgar a su escucha valor sacramental alguno, pero que remueven el terreno y siembran en el alma en pena del oyente que busca ser salvado, eso sí que te lo garantizo y te lo juro por lo que más quieras, pequeño saltamontes. 

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