11 MAY 2016

Los egos ya no son lo que eran

En su nueva columna, Esteban Rial destaca a Sig Ragga y el efecto de los eventos de rock en el cuerpo
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Por Esteban Rial

por Esteban Rial (@RialEsteban)

 

Jamás tuve una particular simpatía por el reggae argentónico, ni por los grupos con búsquedas spinettianas, y mucho menos por los lenguajes inventados en letras de rock o el uso de disfraces, pero cuando se produce una de esas explosiones creativas en forma grupal que se dan muy de vez en cuando, la onda expansiva tiende a minimizar las supuestas preferencias del sujeto que piensa y luego existe, o mejor dicho, siente y luego insiste. A Sig Ragga ya los había visto en vivo en festivales y/o conciertos al aire libre y me habían gustado mucho, pero el viernes de la semana pasada los vi por primera vez en un concierto con vestuario y luces y toda la puesta y propuesta cerrada en sus propios términos, y la verdad es que lo de este cuarteto santafesino es una cosa de otro planeta bastante superior al que nos toca transitar: hacen una música descomunal, que sintetiza y proyecta lo más propio del rock argentino desde una alquimia muy particular y demasiada maestría a la hora de fusionar pulsos reggae, baladas camperas perfectas, folklore local y universal y psicodelia en plan opera rock impresionista onda misa criolla ecuménico chamánica, al punto que el sábado a la mañana me sentía más que renovado y un poco transfigurado, y eso que venía de una semana de esas que al final estuvieron bastante bien pero mientras tanto…

 

Lo que pasa es que a mí los supereventazos de la industria discográfica me superan e invitan a incrementar el grado del alcohol en mi sangre en forma compulsiva, con las consabidas consecuencias a nivel una cosa te lleva a la otra, y el miércoles de la semana pasada estuve en el famoso Upfront de temporada de Sony (con una más que afiladísima actuación de Babasónicos) y anoche martes las nominaciones de los premios Carlos Gardel en el Hard Rock Café, y en el medio de todo un poco en numerosos, y hasta reclamos e invitaciones sobre que tengo que ser más polémico, o más psicologista y hacer hincapié en los egos desbocados de algunos rubros, hasta ayer nomás considerados subalternos, y que hoy se rebelan ante la vacuidad de la estrella musical o la inoperancia del manager... Igual, todos sabemos que despotricar contra el ego es cosa de egomaníacos, y hasta debo reconocer que me impresionan mucho algunas tipologías como ser “La chica que hace prensa en la era de la dispersión total” y “El Fotógrafo Consagrado en cuanto relacionista público y/artista plástico”, pero temo ser acusado de resentido, sexista o incluso cosas peores.

 

A cada cual el cambio de fase le pega en forma diferente: a unos les da un patada en el pecho que los deja sin aire y a otros los da vuelta como una perinola, pero que siempre en algún momento uno queda a la intemperie y mirando para otro lado. Y así como la economía Argentina cruje, su industria musical se revela como uno de los sectores de mayor potencial expansivo y exportable si se hacen las cosas bien y en forma; bastante diferente a como se vienen haciendo, mientras la escena emergente sufre la sequía pública y privada y la autoflotante se sabe en problemas serios, y entonces imaginate el espectáculo de egos dislocados, mensajes en los que clavan el visto, bicicletitas microfinancieras, suspensiones a último momento, chicaneos constantes, o sea que estaríamos en un buen momento para escribir canciones de actualidad a la espera de que las piezas se acomoden y de paso bajamos la panza.

 

Al final para nivelar siempre termino poniendo Charlie Rich, en este caso una canción que firmó con su señora Margaret Ann Greene, que en su día fue publicada sin pena ni gloria pero que me parece va muy bien con esta época del año, un temita redondo, melancólico, de taquito:

 


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