18 MAY 2016

Paul McCartney en La Plata: nunca un clásico estuvo tan vigente

La gira “One on One World Tour” llegó el martes a la noche al Estadio Unico, y el ex-Beatle de 73 años volvió a dar en Argentina un concierto inolvidable y emotivo.
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Por Marcelo Fernandez Bitar

Por Marcelo Fernández Bitar (@fernandezbitar)

Fotos de Guido Adler (@AdlerGuido)

 

Hay artistas que nunca defraudan en vivo. Es el caso de Paul McCartney, que en su tercera visita al país volvió a brindar un recital extraordinario, lleno de musicalidad, emoción y vitalidad, con casi tres horas durante las cuales desfiló hit de los Beatles, de Wings y de su carrera como solista.

 

El esquema del show quedó en claro durante una de sus tantas frases dirigidas al público de 50 mil fans que llenó el Estadio Unico: “Vamos a tocar canciones viejas, canciones nuevas y canciones que están en el medio de esas”. Así fue como en los primeros minutos arrancó con “A hard day’s night”, le pegó Save us de su último álbum solista (“New”, del 2013), volvió a Liverpool con “Can´t buy me love”, y se metió en el repertorio de Wings con Letting go (del ’75).

 

En vivo, así como Mick Jagger deslumbra por su entrega física, Paul McCartney sorprende a todo momento con su carisma y simpatía. Aquí habló mucho con la gente, incluso la mayor parte en castellano, hizo algún que otro bailecito, y sorprendió a todos con una novedad sobre el final, algo que no había ocurrido el domingo pasado en su show en Córdoba.

 

Resulta que en los bises, después de hacer Yesterday, invitó a Leila, una pequeña fan apenas adolescente a subir con su madre. Tras los saludos de rigor, le preguntó que le gustaría, el ella dijo “Tocar el bajo”. Acto seguido, le prestaron uno y arremetieron con Get back (Ver "Habla Leila...") Las caras de sorpresa, alegría y admiración de Leila contagiaron a todo el estadio y ratificaron el poder de comunicación de Paul.

 

La tarea de recorrer su enorme cancionero de todos los tiempos se mantuvo como constante en todo el show, y así fue como aparecieron perlas inesperadas como los sonidos electrónicos de Temporary secretary (de 1980) y hasta la primera canción que grabaron con John, George y Ringo, cuando aún se llamaban The Quarrymen: In spite of all the danger.

 

Eso sí: en el segundo tramo no le quedó otra que poner todo el foco en los Beatles, con una seguidilla de dieciséis temazos clásicos, apenas intercalados con dos hits de Wings (Band on the run y Hi hi hi) y con su reciente composición grabada con Rihanna y Kanye West, Four five seconds, muy bien recibida por la gente, que hizo coros y siguió la letra en la pantalla gigante.

 

Aquí es necesario hacer una enumeración de esos dieciséis temazos clásicos, para tomar dimensión de las proporciones épicas y emotivas del show: The fool on the hill, Lady Madonna, Eleanor Rigby, Being for the benefit of Mr. Kite, Something, Ob-la di, ob-la-da, Back in the USSR, Let it beHey Jude, Yesterday, Get back, Birthday y la mini-suite del final del disco “Abbey Road”, con Golden slumbers, Carry that weight y The end

 

Mención aparte para la impecable banda que lo acompaña hace casi quince años: los guitarristas Rusty Anderson y Brian Ray, el baterista Abe Laboriel Jr., y el tecladista Paul “Wix” Wickens (este último con Paul desde 1989). Todos hacen coros, todos tienen un gran dominio escénico, todos pueden agarrar otro instrumento, todos derrochan convicción, talento y simpatía. Y todos de negro, dejando a Paul como el único músico con colores claros (una camisa mao azul) sobre el escenario. El resultado es un sonido que logra reproducir todos los detalles de temas que todos conocen de memoria, y se ve que disfrutan de tocarlos en vivo.

 

Hubo dedicatorias, por supuesto. Primero hizo My Valentine para su esposa Nancy, luego recordó a Linda McCartney con Maybe I’m amazed, habló de John Lennon antes de hacer el tema que compuso tras su muerte (Here today) y mencionó a George antes de agarrar el ukelele para “Something”.

 

Quedan en el recuerdo escenas sueltas, como la improvisación sobre el corito del “Oh, oh, oh” onda Woodstock del público, la anécdota de la rima infantil que aprendió de sus clases de español en el colegio primario, y las espectaculares llamaradas, fuegos artificiales y lasers en Live and let die.

 

Paul McCartney vino por tercera vez a la Argentina. Aún falta la segunda función de mañana jueves. Quizás vuelva, quizás no, pero dejó en la memoria de miles de fans una alegría imborrable de haber visto en vivo a uno de los grandes de la música popular del último siglo.

 


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