08 NOV 2015

Pearl Jam en La Plata: es un sentimiento, no puedo parar

La banda de Eddie Vedder revalidó sus títulos ante un público fiel. Crónica y fotos exclusivas
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Por Sebastián Grandi

Texto Sebastián Grandi

Fotos Guido Adler

 

El crecimiento de una buena relación se basa en el compromiso de las partes. Ambos deben dar lo mejor de sí para que ese vínculo no se quiebre y que, por el contrario, se refuerce con el paso de los años. Cuando esa relación es entre un grupo de rock y su público, entonces esas manifestaciones deberán ser públicas y sinceras. Y lo que pasa entre la audiencia argentina y Pearl Jam, es cosa seria. 

 

Se sabe que la banda que lidera Eddie Vedder ha logrado superar el estigma de su época, las marcas que el grunge ha dejado, para reinventarse como un show de rock and roll. Pero no es sólo eso: tienen en la cabeza el camino de sus predecesores, desde los Ramones a Neil Young. El trabajo de ellos será dejar una huella escrita a partir de canciones que, aunque muchas sean banda de sonido de una era, la mayoría son de consumo de sus fanáticos. Es que Pearl Jam ya no es la banda nueva, pero está presente de una forma contundente, definitiva, en el gen rockero nacional. En La Plata había gente de cuarenta que en los noventa vestía camisas leñadoras como señal de identificación a adolescentes, hijos de éstos o no, que van hasta allí a escuchar la mejor tradición del rock.

 

Por lo tanto ellos dejan en escena lo mejor de sí: los vemos correr, gritar, transpirar a lo largo de un set larguísimo. Mike McCready corre con su guitarra y despacha solos emocionales, mientras atrás Stone Gossard, Matt Cameron y el bajista Jeff Ament aportan una pared de sonido a prueba de toda indiferencia. En Pearl Jam hay una banda que toca como si fuese la primera vez, como si un estadio necesitase llevarse un certificado que diga que son una pura banda de rock and roll, que no tienen 25 años de ruta con canciones que atravesaron fronteras y generaciones. 

 

Y además está Eddie Vedder. El cantante es un frontman que se destaca por sobre todo los demás. Su potente voz no se agota, hace que su mensaje llegue hasta la popular más lejana. Estira las vocales al límite, sacando aire desde donde ya no queda, cantando con las entrañas, sintiendo la canción en cada movimiento de su cara. Vedder quiere decirnos que no hace rock: lo vive. Y que el rock es mucho más que la música. Se compromete con él, con el mundo, con el mensaje. Habla de #NiUnaMenos, sueña con el mundo mejor que imaginó John Lennon, recuerda a su amigo Joey Ramone gracias a quien pisó por primera vez la Argentina y aprende de él que ahí arriba, hay que dejar el alma para que la experiencia valga la pena. Porque en la era en que los conciertos de rock se llenan de luces y fuegos de artificio, Pearl Jam sólo ofrece la contundencia de una banda poderosa. 

 

Ese mismo Vedder intenta hablar en un español fonético con su público. Se preocupa por los empujones en el campo, por los que sudan por llegar hasta él. Por eso empiezan con temas tranquilos, relajados, como para que nos vayamos acomodando a lo que viene: Pendulum, Low Light y más antes de detenerse, preguntarnos si estamos listos, y empezar a explotar con Mind Your Manners y Do The Evolution. A partir de allí se mezclarán los clásicos con los nuevos, subiendo y bajando la potencia sin dejar de transpirar y mencionando, como al pasar, que Even Flow es aquel primer tema que tocaron hace un cuarto de siglo cuando soñaban ser grandes sin perder la esencia. 


Luego del primer descanso el set tribunero: sentados, llegan Footseps, Imagine de Lennon, Corduroy, I Believe in Miracles de los Ramones, Jeremy y Porch. Para la recta final apuestan a otros clásicos -Better Man, Black, Blood, Alive- y a los covers que ponen en perspectiva su lugar en la historia del rock: Baba O´Riley de The Who, por ejemplo. Porque Pearl Jam se quiere anotar en esa historia, despegarse del grunge que los vio nacer, para acomodarse en las grandes ligas y dejar el recuerdo que dejaron sus mentores: si hay actitud, si damos lo mejor, este amor no terminará jamás. 

 


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