11 DIC 2015

Rock y poder político: la historia de una larga relación

Un ensayo investiga los vínculos entre el poder y la música. Además, la vigencia de la inteligencia estatal
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Por Sebastián Grandi

por Sebastián Grandi

 

Desde sus primeros pasos, hace 50 años, el rock nacional mantuvo un vínculo ambiguo con el poder político. Ya sea con militares, radicales o peronistas -en cualquiera de sus formas-, el género pasó de los márgenes de la cultura a la centralidad del mundo del espectáculo y a ser un elemento vital en las políticas culturales de los últimos años. 

 

El periodista Juan Ignacio Provéndola publicó el libro “Rockpolitik. 50 años de rock nacional y sus vínculos con el poder político argentino” (Editorial Eudeba) donde analiza esa relación. En un ensayo ampliamente documentado, el autor indaga en los orígenes del género, en los tiempos en que la cultura hippie se imponía entre la juventud y cuando la militancia política se convertía, también, en un rasgo característico de la nueva generación. En ese contexto floreció el rock nacional: perseguido en sus primeros años, sufriendo censuras durante la dictadura, en democracia se coloca en un lugar clave de la escena cultural que interpela a la sociedad y a la política, a la vez que recibe del poder estímulos para su desarrollo. Sobre estos temas habló Provéndola con Genereración B

 

-De tu libro se desprende que, a pesar de su origen contracultural, el rock nacional tuvo varios apoyos de parte del poder político de turno: desde el festival Pinap de 1969, hasta el Festival de Solidaridad de 1982 y el mecenazgo que apareció con la democracia. ¿Creés que esas fueron oportunidades para su expansión? Y en todo caso, ¿cuál es el costo que pagó el rock por eso? 

 

-Lo del festival PINAP fue casi inocente: la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires simplemente facilitó un lugar, que era un anfiteatro hermoso donde ahora funcionan el Centro de Exposiciones y el depósito de autos de la grúa (allí donde se filma la escena de Relatos Salvajes en la que Darín detona su vehículo). Un pequeño gesto que sirvió para que el incipiente movimiento rockero criollo tuviera su primer gran festival público, evento que contributó a darle visibilidad pública como fenómeno cultural.

El Festival de Malvinas (n. del r. "Festival de la Solidaridad Latinoamericana"), en cambio, no tuvo nada de inocente. Esto se infiere no sólo en la búsqueda que el gobierno militar había iniciado el año anterior con el intento del por entonces Roberto Viola de apoyar al rock con el aparato estatal, sino también de los movimientos que hicieron los productores y managers más importantes para aprovechar la movida en beneficio de sus representados.

Ambos casos, con sus diferencias, ayudaron a que el rock tuviera una difusión que por su propia cuenta no era capaz de conseguir. De todos modos no hay que dejar de ver el trabajo que se venía gestando con anterioridad: los mecenazgos o aventones no hicieron más que amplificar una obra que los antecedía. El rock no fue inventado por el poder político, sino, en todo caso, descubierto.

 

-Durante el gobierno de Carlos Menem parece haber una clara manifestación opositora de parte de muchos músicos, a pesar de que Charly García va y toca en Olivos. Ese fenómeno se invierte en el kirchnerismo. ¿Còmo ves el desempeño político de los músicos a lo largo de los años y cómo creés que se posicionarán ante el nuevo Gobierno que asumió recientemente?

 

-A los músicos le sucede lo mismo que a los no músicos: van encontrando nuevas inquietudes a medida que la democracia les ofrece nuevos estímulos. En ese contexto aparece la política como una práctica que, conforme se recuperan las instituciones, se vuelve cautivante para el conjunto de la sociedad en general y para la juventud en particular. El rock, que durante las primeras dos décadas se había convertido prácticamente en la única actividad dadora de sentido e identidad de los jóvenes, pasa a ser discutida por una política que vuelve a estar a disposición de toda la sociedad a partir de 1983.  Hoy no son pocos los jóvenes que se sienten más estimulados por la militancia que por el rock, por un motivo muy sencillo de explicar: el rock (como práctica juvenil) lleva 50 años y la militancia no más de 30 (aunque con intensidad apenas unos 10). El rock lleva como fenómeno ya medio siglo y es difícil atravesar tamaña cantidad de tiempo sin cuestionamientos. De todos modos muchos músicos encontraron en la politización de su obra y de sus conductas una forma de darle otros vigores a su actividad artística, algo que personalmente veo muy saludable y estimulante.

 

-Cromañón es una de las mayores tragedias de la historia argentina y tiene una vinculación directa con el rock: ¿cuál es el efecto que descubriste en la relación Estado-músicos? 

 

-Un efecto bastante curioso, ya que en un principio el Estado aparecía como una figura represiva al clausurar lugares sin importante las consecuencias que generaba, pero luego surge como benefactor promocionando y auspiciando innumerable cantidad de recitales. El Estado encarnó frente al rock la doble posición del policía bueno-policía malo (o a la inversa) sin cuestionarse íntimamente sus responsabilidades en Cromañón. No olvidemos que fueron procesados no sólo músicos, sino también funcionarios públicos, lo cuál nos dice que aquella demonización del rock era cuanto menos incompleta.

 

 

-En los últimos años creció la participación activa de los músicos en ámbitos políticos. ¿Esto afecta su desempeño como artistas? ¿Mantienen la capacidad de hablarle a una parte de la población? ¿Es natural considerando que la generación gobernante es, después de todo, una generación formada en los años del rock? 

 

Tiene que ver con que quienes gobiernan crecieron escuchando rock, pero más aún con que quienes rockean crecieron escuchando política. Es decir: con la política como un articulador legítimo de la vida institucional. Así lo interpretamos quienes nacimos y crecimos en democracia, para quienes la política concentra todos (o casi todos) los discursos de la vida social. Alfonsín lo explicó mejor: “Con la democracia se come, se cura, se educa”. Así debiera ser en un Estado de Derecho ideal. Pero como el ideal no existe en ningún lado del planeta, surgen expresiones contestatarias o contraculturales que pretenden (al menos desde su intencionalidad) señalar o incluso recomponer aquello que la política y el poder no saldan. Esto no implica necesariamente que deban mantenerse al margen por obligación, porque eso ya sería una postura (con el peligro de que se exagere y concluya en lo contrario: la impostura). El rock se ha mantenido de un lado y del otro de la línea y me parece muy positivo su interés de colaborar desde el “adentro”, ya que además de ser una bonita expresión artística es también un potente fenómeno cultural y movilizador.

 

-Según tu opinión, ¿Puede existir la idea del músico militante? 

 

-Primero deberíamos definir qué entendemos como “militante”. Yo creo, como dijo alguna vez el Che Guevara, que militante es aquel que piensa en cómo saldar injusticias todas las horas del día, todos los días del año. Sí es así, nadie puede negar que el rock tiene (cuanto menos) aspiraciones de esa naturaleza. Lo que personalmente me parece agobiante y sobreactuado es aquel artista que se autoimpone el rol de levantar banderas que a veces le quedan grandes. Me refiero a aquellos que escriben canciones leyendo los diarios.  Eso es ridículo: ¿son los diarios un reflejo de la realidad? Más aún: ¿necesita un música ver la “realidad” en los diarios, cuando la puede verificar con más fidelidad en sus shows, en sus giras, en su público? No soy yo quien debe responder esas preguntas, por supuesto.

 

-Hacia el final de tu libro hay un anexo con documentos que muestran al rock como eje de investigaciones de inteligencia. ¿Hasta cuándo se mantuvo vigente esto? 

 

-Cayeron a mis manos unos documentos increíbles de la DIPPBA, el organismo de inteligencia de la Policía Bonaerense que funcionó entre 1956 y 1998. Y digo que cayeron a mis manos porque me los facilitó Virginia Sampietro, una amiga socióloga que desde hace tiempo integra los equipos de trabajo de la Comisión Provincial por la Memoria, organismo que custodia y administra ese material desde que la DIPPBA fue cerrada. Ella sabía que yo estaba trabajando en este tema y me tocó bocina. Como dije, la DIPPBA fue desmontada en 1998, pero siguen funcionando otros organismos de inteligencia en distintos estamentos del Estado. Es difícil numerarlos a otros: se supone que son organismos secretos y, como tales, imperceptibles. Así que anden con cuidado, amigos.


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