20 OCT 2016

Tres décadas autenticadas

Esteban Rial reflexiona sobre los tiempos modernos y rescata y celebra los 30 años de Los Auténticos Decadentes
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Por Esteban Rial
Ya desde sus mismísimo origen queriendo saber de qué se trata, el pueblo argentino ha demostrado ser bastante despistado y hasta veleta, pero también es recipiente de grandes verdades universales, y será por eso (y porque hay algo en nuestra forma de entonar y saborear el español que estimula la curiosidad de todas las razas) que la canción argentina tiene tanta proyección internacional, a veces pienso, luego insisto. Gracias al talento de Gardel y Lepera y ya desde antes que el rock de sus primeros espasmos en el hemisferio norte de nuestro amado continente americano en la lengua de Bob Dylan, cualquier ser humano nacido en este país sabe desde muy temprana edad que veinte años no es nada, y si hay algo que este siglo y nuevo milenio nos está enseñando es que mucho cuidado con eso de andar ganando una década, que después la retranca se pone espesa, y si no basta con ver en lo que se ha convertido la industria de la música y alrededores, con los ex oficialistas bramando algunos y reacomodándose otros, los números rojos cada vez más rojos y las maracas ejecutando presupuestos magros y esperando el año que viene, mientras las redes sociales se suceden e implosionan cuando ya las tenemos adentro, bien adentro, tanto que parecería que ya no podemos vivir sin ellas… 

Que el presente cambio de fase y su tremendo listado de signos de los tiempos asociado coincida con la celebración de los 30 años de Los Auténticos Decadentes es una invitación a reflexionar sobre las tres décadas en tanto y en cuanto medida de tiempo, y de paso postular nuevas jerarquías en nuestro Olimpo musical: con el respeto a todos los demás grandes de nuestra escena rockera de ayer y hoy reeditada en vinilo, los Decadentes son desde varios puntos de vista los mejores de todos lejos, por sus listas de temas matadoras desde el minuto uno y galopantes rectas finales, por la algarabía popular no importa la edad ni clase social que generan por el solo hecho de ser y estar, por su desgarrante pero pegajosa lírica costumbrista sobrada de honestidad brutal y hasta por su absoluta coherencia conceptual y revitalizante épica existencial elevada a su enésima potencia, y te juro que me quedo corto.

Por esas cosas de la vida (agotamiento psíquico y físico) no fui a ninguno de sus dos Luna Park, pero por motivos todavía más preocupantes (que prefiero mantener en reserva por ahora) los pude disfrutar durante sus dos recientes actuaciones en el Gran Rivadavia (aguante el Rivadavia Rock) y en un casamiento después en el Tattersall, previo paso por La Viola Bar, pleno Palermo Bebe, para hacer tiempo mientras los novios se sacaban fotos con los invitados, lo típico de estas celebraciones tan pero tan heteropatriarcales en donde al final y si todo sale bien dominará el “sí querida” hasta que la muerte los separe… Antes la gente tendía a casarse a los veintipocos y a poco de entrar a los cincuentena llegaban los nietos, pero la sociedad evoluciona e involuciona y a su manera tolera mucho más, pero los mandatos y expectativas están, y los 30 años cumplidos son vistos como una buena edad para sentar cabeza.

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