02 ENE 2015

Volando: el loco mundo de los aviones

Primera columna del año de Bambi, exclusiva para Generación B
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Por Bambi Tanbionica

Sentado, mirando por la ventana, sin comprender bien qué hace toda esa gente que veo diminuta desde aquí arriba, escucho la letra de una especie de canción que ya se volvió habitual “cierre de puertas, rampas en armado y cross check…”. Ahora, antes de poner mi teléfono en “modo avión”, reviso la data que me tira una aplicación que utilice durante el 2014 y descubro que pase unas 134 horas volando, recorrí más de 100.000 kilómetros, estuve en 10 países y 22 aeropuertos.

 

Recuerdo que los primeros conciertos fuera de casa con Tan Bionica, los hicimos en autos que nos prestaba algún familiar o amigo, luego empezamos a viajar en micros de línea, mas tarde llego la combi y finalmente el deseado micro de gira, que un tiempo después fue reemplazado por esa  extraña maquina hermética de acero que te traslada en tiempo récord de un lugar a otro a una altura ridícula. 

 

La primera vez que viajamos en avión a tocar la recuerdo especialmente. Algunos teníamos nervios por el vuelo, otros por los trámites de check-in y despacho, otros lo vivían como un triunfo. Luego nos convertimos en pasajeros frecuentes y esas emociones se fueron transformando con el tiempo.

Poco a poco los aviones se convirtieron en oficina, hotel, mesa de juegos y estudio de grabación.

 

Volamos en todas las latitudes, todos los climas, horarios imposibles, en económica y en business, en aviones de cabotaje, internos, internacionales y hasta la fantasía del avión privado. Siempre me pareció surrealista la idea de despertarme en un país y dormir en otro, incluso algunas veces me ha tocado estar en más de tres destinos en un mismo día, algo que, luego de meses de gira, es casi un suplicio.

 

En 2013, para las presentaciones del Tour Destinológico, decidimos incorporar a Juano Romero, como músico de apoyo para tocar guitarras eléctricas y acústicas. Cuando lo llame para convocarlo, luego de unos minutos de palabras emotivas, me comenta que existía un detalle: su miedo a volar. A lo que casi inmediatamente, sin elaborar demasiado una respuesta, le contesté: “seguramente aún no tuviste un motivo suficiente”.

 

Unos meses después comenzaba la gira y teníamos que volar a Córdoba. Juano me cuenta que había hecho, durante un tiempo, un curso para perder el miedo a volar con unos cuantos compañeros que tenían la misma fobia y que culminaba con un vuelo triunfal a Rosario para terminar con la patología. Ese día ninguno de sus compañeros de curso se presentó, él tampoco. Sin embargo, unos días después se subió al vuelo que daba inicio a la presentación de Destinologia, y cada vez su miedo está más controlado.

 

Termina la “canción” y dejo mi teléfono a un lado, para concentrarme en esa fascinante especie de danza que realizan las azafatas para brindarnos las indicaciones de seguridad. Cuando terminan y nos disponemos a realizar el último despegue del 2014, caigo en la cuenta de que esta extraña máquina resulta la forma estadísticamente más eficiente de llevarnos siempre con un mismo destino: de casa (escenario) a casa (hogar).


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